Partidos y sectas judías.

 

Consecuencia del freno macabeo a la helenización judaísmo y del estado judío fue el establecimiento de la Tora como autoridad suprema. Se vino a conocer con el nombre dehasidim o «devotos» a los continua-dores más estrictos de las tradiciones nacionales que los días de persecución acérri­ma bajo Antíoco Epifanes se habían distinguido por su celoso cumpli­miento de la Ley, prefiriendo «morir todos en rectitud antes  que profanar  el sábado»  (1ª M 2 29-3 8).  Ellos dieron origen, al parecer, al partido de los fariseos es estrictamente ortodoxos en su lealtad a la Ley y puntillosos en la observancia de la tradición oral como una segunda Tora, cuya validez negaban los saduceos, el otro grupo importante dentro del judaísmo. La disputa entre unos y otros degeneró en ruptura total, que se perpetuaría hasta la desaparición virtual de los saduceos con la caída de Jerusalén en el año 70 d. C. Entretanto, el conflicto había asumido carácter político cuando Juan Hircano, sucesor de Simón Macabeo en el sumo sacerdocio (134-104 a. C.), tras haber apoyado a los fariseos anuló sus decretos y abrazó la causa saducea.

  

Los fariseos hicieron suyas las nuevas ideas apocalípticas y mesiánicas entre ellas las de resurrección y el juicio final, y acentuaban particularmente, la pureza ceremonial y la religión personal en la vida domestica y cotidiana. Aunque los Evangelios cristianos les presentan bajo una luz desfavorable y el Talmud les ataca, lo cierto es que en la Palestina del siglo I d. C. gozaban de gran estima. Realizaban una intensa tarea misionera, recorriendo mar y tierra para hacer prosélitos (Mt. 23: 15), y si el judaísmo sobrevivió como religión ética después de la destrucción de Jerusalén ello se debió a los sólidos cimientos con que contaban gracias, principalmente, a su influencia. Hombres moral-mente «aparte», el suyo era el típico movimiento puritano, exasperante en su escrupulosidad y estrecho de miras por su piedad exclusivista y su falsa introspección, como suele ser el puritanismo en cualquier religión que aparezca, pero no se puede negar que la tradición farisaica sirvió para mantener criterios rectos de conducta.

  

En tanto que la mayoría de los fariseos eran laicos devotos que vivían y actuaban principalmente en Jerusalén y en las ciudades vecinas, los saduceos eran sobre todo una aristocracia sacerdotal de terratenientes, de opiniones lógicamente conservadoras y exigentes en cuanto a la adminis­tración justa de la Ley, pero en ningún modo interesados en aditamentos tales como «la  tradición de los mayores», la Tora oral, intromisiones apocalípticas extranjeras en la religión oficial y la doctrina de la resurre­cción del cuerpo. Tenían escasa influencia sobre las masas, que volvían su atención a los fariseos o, en caso de tener inclinaciones políticas, a los herodianos, partidarios de la casa reinante de Herodes, o a los zelotes, revolucionarios que en los montes del norte de Galilea pretendían sacu­dirse el yugo romano por la fuerza. Unos pocos, los esenios, se apartaban totalmente del mundo y  sus asuntos,  y huyendo de su corrupción se retiraban al desierto oriental en el Jordán o a aldeas, preparándose para la venida del Mesías. Guardaban rigurosamente el sábado, llevaban un régimen de vida comunista, practicaban la soltería, ayunaban, efectuaban abluciones rituales y se negaban a portar armas y quitar la vida a ningún ser. Finalmente, en la segunda mitad del siglo I d. C. surgió un pequeño grupo de discípulos de Jesús el Nazareno, que había sido crucificado bajo Poncio Pilato, procurador romano de Judea, a instancias del sumo sacer­dote saduceo Caifás, con la connivencia de los fariseos y sin oposición de las demás agrupaciones religiosas y políticas.