La época de los Macabeos.

 

Desde el momento en que Palestina cayó en manos de la parte seléucida o asiática del imperio macedónico en el año 198 a. C., se venia presionan­do cada vez más a los judíos para que adoptaran las costumbres y la religión griega, hasta que, al subir Antíoco al trono en 175, trató de forzarles a adorar a los dioses griegos Zeus y Dionisos y les prohibió guardar el sábado, circuncidar a sus hijos e incluso tener transcripciones de las escrituras hebraicas. Erigió un altar a Zeus en el Templo de Jerusalén e hizo sacrificar en él cerdos, que para la población sometida eran los animales más impuros. Cuando el anciano sacerdote Matatías recibió la orden de efectuar este acto sacrílego en el altar de su pueblo, Modein dio muerte al emisario y puso en marcha un alzamiento que sus hijos Judas, Jonatán y Simón llevaron a tan buen fin que Palestina recobró su independencia hasta que entre sus sucesores estallaron luchas intestinas y, finalmente, la guerra civil. Intervinieron entonces los romanos para restablecer el orden, y en 63 a. C. pusieron el país bajo su jurisdicción como parte de la provincia de Siria...

  

Fue a principios del periodo seléucida, en 198 cuando se escribió el libro de Daniel que describe la «abominación de la desolación» perpetrada por Antíoco, llamado «el cuerno pequeño» en el texto y retratado como encar­nación suprema del mal. La sublevación de los Macabeos y Macabeos y los aconteci­mientos subsiguientes se relatan en los libros apócrifos de los Macabeos, pero aunque el pensamiento de esta época turbulenta se movía en una dirección «apocalíptica» —como suele ocurrir en momentos de crisis—, no seguía muy de cerca el esquema zoroástrico. No obstante, la escatología del libro de Daniel es muy distinta de la de los escritos proféticos más recientes: aparecen en él los arcángeles Miguel y Gabriel, y en el libro de Enoc Uriel y Rafael. En la medida que esta angelología se asemeja al prototipo iranio, es al de los Gathas más que al del mazdeísmo posterior. De modo similar, la esperanza mesiánica que fue tomando cuerpo en el judaísmo después del exilio y la tendencia dualista que cristalizaría en la creencia en una fuente personal del mal son indicaciones de un esquema de ideas común a ambos sistemas. Cada uno de ellos procedía, sin duda, de una tradición y una historia propias, pero su enlace se fue acentuando hasta el periodo postmacabeo, en que prevaleció la escatología irania. La creencia en el Juicio y el Día del Señor estaba hondamente enraizada en la religión hebraica, pero la delineación detallada de la escatología posterior y las doctrinas acerca de la resurrección fueron indiscutiblemente el resultado de la influencia personal en las épocas griega y macabea. La idea del Hijo del Hombre y la doctrina tardía sobre las postrimerías que aparece en las Similitudes de Enoc y en 2 Esdras 13 llegaron, con toda probabilidad, al judaísmo desde Persia, donde, como ya explicamos, el Saoshya se había convertido en figura central del cuadro escatológico. La destrucción del mundo por el fuego se ajusta las teorías apocalípticas iranianas. Si bien era compartida asimismo por los estoicos del Imperio romano. De hecho, fueron tantas las influencias enlazadas del mundo grecorromano y el Oriente Medio en los dos siglos anteriores a la era cristiana que toda precaución es poca a la hora de fijar las diversas fuentes y puntos de contacto; y es en la literatura apocalípticas judía y sus derivados cristianos donde más se acusa este problema.