El judaísmo postexílico.

Aunque quizá los inicios de la influencia iraniana sobre el judaísmo se remonten al siglo III, o incluso al IV, a. C. —un período de transición sobre el que las fuentes literarias judías arrojan escasa luz—, es indudable que los agitados sucesos de principios del siglo II estimularon este tipo de teoría escatológica. Mientras Judá permaneció someti¬dos a Persia, y a pesar de la oposición violenta de los samaritanos, sus vecinos al norte de Jerusalén, por haber rechazado los exiliados ortodoxos colaboración en la restauración del Templo y de la ciudad, se estableció y mantuvo un estado sacerdotal bajo Edras, Nehemías y sus sucesores. Se repudió a las esposas extranjeras, se prohibió el matrimonio con no judíos, se impuso rigurosamente la observancia del sábado y los cultos del Tem¬plo fueron restituidos y reinterpretados por la recién organizada escuela sacerdotal con arreglo al monoteísmo ético del profetismo, mientras se remontaban las prescripciones rituales a un origen divino en tiempos de Moisés y su peregrinaje por el desierto. La Ley o Tora, al principio compuesta por los cinco libros atribuidos a Moisés y más adelante ampliada hasta abarcar los escritos proféticos, los Salmos y prácticamente la totalidad del Antiguo Testamento pasó a ser guía infalible de la fe y la conducta, y para leerla, explicarla e instruir en sus preceptos se edificaron sinagogas. El templo, en fin, era el centro del culto; la sinagoga, el lugar local de reunión para la lectura y exégesis de las escrituras. La vida religiosa de la comunidad se apoyaba en la creencia de días de penitencia y de celebración que se iniciaba con la Pascua, combinada con la fiesta agrícola de los Panes Acimos (massoth), en primavera (marzo o abril). Siete semanas más tarde, le seguía la fiesta de las Semanas o de las primicias, y a ésta, ya al término de la primavera, la de Pentecostés, en sus orígenes una fiesta de mediados de verano, que marcaba el fin de la recolección de la cebada y la apertura de la del trigo. El último gran acontecimiento del año agrícola era la fiesta de la Reunión, que daba paso al Año Nuevo celebrado en otoño, en el primer día del mes séptimo, cuando se hacía sonar trompetas y quizá se proclamara rey a Jehová en el transcurso de un rito de coronación. Diez días después tenía lugar la Expiación, penitencia colectiva por el mal contraído por la nación durante el año, que era llevado al desierto por el macho cabrio Azazel, mientras se procedía a purificar el Templo, el altar, a los sacerdotes y a toda la congregación de Israel con la sangre del sacrificio. (Lv 16 1-28).

El día de la Expiación.

Centrado en la transferencia del mal a un «chivo expiatorio» y la purificación de personas y cosas por la aspersión de sangre, este ritual muy primitivo se remonta quizá a la época preexílica. Se nos dice que Moisés y Aarón lo erigieron en el desierto obedeciendo a un mandato divino, pero en realidad, el Antiguo Testamento sólo lo menciona una vez, y precisamente en el código sacerdotal postexílico (Lv. 16). Ezequiel y Zacarías, que regularon las ofrendas y ayunos en conmemoración de los desastres nacionales no parecen haberlo conocido (Ez 45: 18; Za 8: 19). Todo parece indicar, por tanto, que la institución del día de la Expiación fue posterior a la costumbre de purificar el santuario en el primer día de los meses primero y séptimo; posiblemente después de Esdras (397 a. C.), ya que el ayuno mencionado en Nehemías 9: 1-2, que se celebraba en el día vigésimo cuarto del séptimo mes, no guarda relación con él. Pero una vez establecido ocupó una posición de suma importancia en el judaísmo postexílico y en el rabínico, que le prestó una significación ética. Así, los rabinos enseñaban que, si bien se podían expiar las ofensas más graves, las cometidas con lo que ellos llamaban «la mano alta» mediante este ceremonial, para ser eficaz exigía ser realizado con sinceridad de corazón y verdadero arrepentimiento. El exilio había llevado a la adopción de las ideas de arrepentimiento y perdón que tanto subrayaran los profetas, pero, según el espíritu del judaísmo postexílico, esa adopción se asoció a una observancia ritual muy primitiva con sanción divina.

La fiesta de los Tabernáculos.

Finalmente, las fiestas de otoño concluían con la de los Tabernáculos, que se celebra en el decimoquinto día del mes de tishri. Según las escrituras, durante una semana los hebreos habitaban en cabañas hechas de «ramos de palmeras, ramas de árboles frondosos y sauce de río» (Lv. 23: 40). Esta celebración, la importante del año, servía para que el pueblo judío diera gracias a Yahvéh por la vendimia y los frutos del otoño; también se conmemoraba así, año tras año, la protección amorosa que aquél le dispensara antaño, cuando sus antepasados vagaban por el desierto. El hecho de ser un rito de Año Nuevo, situado «al final del año» (Ex. 34-22), permite suponer que en sus orígenes tendría quizá una finalidad y función a los de las fiestas anuales de las civilizaciones agrícolas del Oriente Medio antiguo en las que se celebraba la muerte resurrección del dios de la vegetación. Ciertamente, algunos de los salmos asociados a ella sugieren la entronización de Jehová como rey (melek) para asegurar las lluvias necesarias durante el año entrante (Sal. 65 9-13; 104 13; 47. 68, 16 74 16 24; Za. 14 16 s.), y proclaman su victoria sobre las fuerzas de la muerte para traer la «salvación» al pueblo (Sal. 48, 68 13 ss., 93 a 99). Pero como de muy pocos son anteriores al exilio no son de mucha utilidad para reconstruir el significado de Ja, fiesta en los tiempos de la monarquía, más allá de la supervivencia de creencia y observancia más antiguas.